
Cuando uno menos lo espera llega esa lluvia que, sin piedad ni aviso, desacomoda todas las nubes de lugar. Uno, nunca seguro de lo que va a suceder, teme la peor de las catástrofes pero guarda supersticiosamente en silencio gran esperanza de que todo se pase rápido y vuelva a su curso natural. Debe ser el temor al cambio o la ubicación geográfica pero solemos mantener una actitud titubeante frente a todo ente que amenace la comodidad de lo conocido y cotidiano. Entonces, temorosa e inevitablemente fantaseo con la opción drástica como si una serie de sucesivas diapositivas se reproducieran automáticamente en mi cabeza. Ahí es cuando, de pronto lo desconocido pretende cautivar.
Y una vez que por fin la tormenta se calma, las cosas vuelven a su lugar, me quedo pensando y me apeno por la tormenta que no sucedió y por la oportunidad que se fue, egoísta y apurada sin mi decisión.

